martes, 26 de enero de 2016

El éxtasis de la mirada-producto



*Fragmento(s)*

No se trata pues de reivindicar una presunta objetividad del arte frente a los datos espectrales, ni de recuperar una vetusta superioridad moral de la estética frente a la amoralidad de los simulacros, cuando es evidente que los límites entre la estética y los procedimientos de la midcult o la industria cultural son difusos, pero sí parece oportuno tener en cuenta que la industria de la imagen vive en gran medida gracias a una mercantilización de la imagen per se, del comunicado semiótico per se, y que esta nueva mercancía es generada a su vez en los sujetos-productores de signos: es la propia mirada el producto bruto que se contabiliza entre los subtotales y beneficios.

  La mirada es la mercancía fetiche definitiva.


La mirada es buscada, concitada, seducida, y en último término producida como engranaje constituyente y/o ganancia de la máquina capitalista. Como en un delirio hiperanabolizado de la contemplación plotiniana en torno a la perfección de lo divino, la contemplación del Espectáculo (forma secular del Bien y del Uno) engendra a su vez “actividad y producción”, se constituye en el “motor inmóvil” productor-de-mirada.

Fragmentos de Anti-Éxtasis; I, "Miradas al espectro"

"Exordio" y "Miradas al espectro"


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1. Robert Heinecken, Are You Rea 2. Alberto Greco 3. Susan Sontag, Sobre la fotografía 4. Fotograma de Persona, Ingmar Bergman 5. Nam June Paik 6. Michael Snow 7. Fotograma de Metropolis, Fritz Lang 8. Fotograma de Begotten, E. Elias Merhige

jueves, 21 de enero de 2016

The act of killing




*Fragmento*

En The act of killing (Joshua Oppenheimer, 2012), los protagonistas de la filmación son los auténticos verdugos del genocidio paramilitar que tuvo lugar en Indonesia entre 1965 y 1966, derivando en un delirio documental en el que se mezclan el imaginario del cine de gángsters de Hollywood, el kitsch y la fantasía autoexculpatoria de los propios asesinos. Durante la recreación del exterminio de un poblado entero a manos de los maníacos Pancasilas, son los propios campesinos (probablemente los mismos descendientes de las víctimas reales) los que acceden bajo coacción para interpretar las espeluznantes escenas que allí se vivieron, a lo cual se aplican con la mayor entrega y dramatismo; y, si se observa con atención, no es tanto el horror que esa escenificación intenta recrear (el horror de la alteridad pura) lo que más perturba al espectador, sino la repetición, el automaton, la certeza de que no nos es posible acceder a esa verdad tras-puesta del acontecimiento original si no es a través de una reelaboración, una re-escenificación odiosa de aquello que fue una vez “escenificado”. Ese “acto original”, el verdadero act of killing, pues, es la muerte de la experiencia real misma; pero este acto de dar muerte (dar muerte a la “experiencia original” de lo Real) va ligado al acto simultáneo de sublimarse lo hiperreal. La crónica del hecho y el mundo es puesta como pantomima del mundo en el meta-documental de Oppenheimer, si no es más bien que la pantomima del mundo aparece como única instancia verídica de los hechos y el mundo. Aunque alcanzan idénticos fines, el documental de Oppenheimer parecería el reverso exacto –pero copresente-- de Fuego inextinguible de Farocki: en aquélla se recreaban escenas cotidianas de una industria química con actores de reparto; y en The act of killing se recrea el sueño fantasioso de los verdaderos protagonistas, convertidos en “actores” de su propia vida. Hacia el final, Anwar, el capo dei capi de los genocidas, mostrará cierta clase de arrepentimiento y confesará sus tormentos, en una escena reveladora, junto a un mar tomado por la oscuridad de la noche. La noche del mundo. El matadero de la Historia. Cualquier interpretación de los hechos parece aquí superflua. El sueño no es distinto de lo vivido. Todo parecido con la era de la imagen del mundo es pura coincidencia.

Fragmento de Anti-Éxtasis; I, "Miradas al espectro"

miércoles, 20 de enero de 2016

Autorreferente / Auto-referente


*Desvío*

Al contrario del éxtasis clásico, el sujeto auto-referente --lo que se conviene en llamar el “sujeto autorreferente”-- no es causa o producto de una identidad en lo otro, de un olvido de sí altruista por el reconocimiento del otro, sino de una sobresaturación de sí por olvido del otro --en el movimiento paradójico de abandonarse al Gran Otro social y del Espectáculo--. Esa mirada obsesiva a lo Otro, esa visión fascinada en lo Otro, en el movimiento inmanente de lo Imaginario, la pantalla o el imago, no es sino la operación elemental por la que el sujeto narcisista –el extasiado moderno-- se autoafirma en sí y para sí. Es la "conciencia infeliz" en su más puro estado químico, que se complace en la ignorancia y en el regocijo de serlo. ("Lo que ha sido olvidado [en la conciencia infeliz] esencialmente es el Otro, y la estructura de autoconciencia que la conmoción del otro revela/produce", dice Fredric Jameson.) La autoconciencia elemental de la que hablaba Hegel se cumple a la inversa aquí: el sujeto autoconsciente miraba hacia sí y encontraba allí la tensión, la dialéctica de la Diferencia. El extasiado auto-referente mira hacia otros e infiere, a partir de una homologación de las particularidades, la Identidad y la repetición.

Autorreferencia desvirtuada (lo que en Anti-Éxtasis he llamado “auto-referencia”), pues, es aquella que proyecta/dice de sí misma su propia imagen aseada, aséptica, desproblematizada. Es por ello que la relación entre la Imagen, el Relato Político y nuestra Representación del mundo encuentra al fin un común acuerdo en el que se encabalgan. Es éste un relato hegemónico que se sustenta en la verificación de una supuesta realidad sin fisuras por todos los medios a su alcance, la de un Relato ya no político ni dogmático, sino meramente arbitrario, que se inculca desde el ejercicio sin complejos de la gratuidad informativa y la opinión categórica. Sin embargo, bajo un examen atento, este discurso enajenado de la Identidad pura que excluye a su contra-discurso parece que se deslegitima a sí mismo, se autoanula en la prospección indiscriminada de informaciones que de continuo chocan con su contrainformación, funcionando a la vez y como un todo, en un flujo ininterrumpido de contradicciones, bajo cuyo manto de viscosidad se disuelven las nociones de verosimilitud y exactitud. No es el producto de ninguna dialéctica ni de ningún proceso anagógico de la verdad, sino de la propia marcha irracional de ese proceder extraño, hiperbólico y proto-substancial, al que damos el nombre de “relato oficial de las cosas”. 

En la autorreferencia ordinaria, aquella que se constituye como espectro dialéctico, había una dinámica de identidad y diferencia, un proceso de progresión dialéctica, en el “descentramiento constitutivo del sujeto” (Lacan); mientras que, en el sujeto auto-referente, se elide la necesidad de un marco ontológico referente. La actividad pura del sujeto auto-referente es un proceso analítico por el que se deslegitiman las "razones ontológicas" del ente, en una progresiva desubstancializacón de los puntos cardinales de lo existente, asimilados ya de pleno derecho a la realidad pura de una desontología espectral.    

lunes, 18 de enero de 2016

"Finally born"




*Fragmento*


En la escena final de Shadow of the Vampire se condensan todas las claves del trastorno autorreferente. [...]  

Nosferatu está chupando la sangre de su compañera de reparto cuando unos golpes en la puerta lo sorprenden. El vampiro se da media vuelta, camina confundido hacia el foco de luz que lo ilumina. Por un momento se queda mirándolo fascinado, pensando que ese sustituto de la realidad, el foco, es en realidad el sol. La irrupción repentina de la realidad (la verdadera luz del sol) desintegra a Nosferatu no por una tácita fidelidad al mito original del vampiro, sino porque su existencia sólo es posible en la hiperrealidad de los focos, la realidad del cine. [...] 

El Murnau de Merhige viene a dar muerte así a la idea más sublime, pero por ello también la más infame, y que constituye la ecuación común a la religión y la filosofía: la consistencia de un ser deseante, la existencia de un objeto de deseo. […] En esa asombrosa escena final de Shadow of the vampire, en que la realidad captada por el objetivo se disuelve en una sangría psicodélica de celuloide, la sed eterna de Nosferatu se desvela definitivamente como lo que es, como un imposible, como una monstruosidad y una aberración de lo que existe. […] 

Así, en esa escena final de Shadow of the Vampire, Murnau [Merhige] ha captado con su cámara el anti-éxtasis intuido (la muerte del deseo). No puede contemplarse sino con pavor la aparición de este anti-éxtasis que es el meollo mismo del deseo --y no era sino pavor lo primero que sentía Sigfrido al ver "aquello" que yacía tras el velo de fuego; al encontrar allí la alteridad absoluta del ser impávido y silente--. "Dios no estaba allí", podríamos decir, un instante antes de volver a cerrar la puerta al anti-éxtasis y regresar así al tranquilizador territorio de las fantasías, los espectros, el erotismo...


Fragmento de Anti-Éxtasis; II, "Deseo eterno, deseo de nada"

viernes, 15 de enero de 2016

El éxtasis y su valor de uso trascendente




*Fragmento*

La realidad (vale decir: el deseo) debe ser articulada, no puede sencillamente no ser, y en esa operación [salvífica] interviene la [bien que conocida] estructura lógica del deseo. Es decir, la estructura-deseo encargada de establecer lazos y puentes con el entorno, de entablar la certeza mercúrica de un encuentro ideal con lo otro --toda vez que ese ideal-otro es siempre un límite evanescente, cuando no vedado a la simple voluntad; […]--. En lo que atañe a la vida práctica, la sociedad de consumo está basada en la antinomia de un objeto de deseo (ideal) positivamente existente; esto es: un objeto al que de forma inconsciente le son negadas sus cualidades finitas, procesuales o negativas. Un objeto existente, y por tanto necesario, con razón de sí suficiente. Se le presupone así a las cosas una razón de sí que asume la responsabilidad del objeto a lacaniano, del objeto original de deseo jamás recuperado, etc. Esta razón de sí es lo que confiere a las cosas y los entes un relieve sobrenatural, un lugar ecuménico, su pertenencia en el cosmos a un marco más amplio y dotado de sentido, por el que la estructura-deseo puede organizarse en el plano consciente, de acuerdo al principio de razón suficiente. Pero se desea algo, decíamos, precisamente porque falta algo (indeterminado) que por ser deseado pueda ser considerado objeto concreto de deseo. Y viceversa: siempre hay algo concreto que por ser deseado rehúsa ser considerado objeto trascendente de deseo. El objeto allí anhelado, el objeto máximo de deseo, no es tanto un objeto o un ente, como es obvio, sino una condición suprasensible de los objetos y los entes: su valor de uso trascendente, o lo que es igual: su necesidad causal con acuerdo a un orden de cosas, que respondan, expliquen, certifiquen y justifiquen que hay ahí fuera un orden de cosas esperando, que no flotamos a la deriva en un caldo cósmico sin respuesta, que todo el dolor será reparado, que hay algo más, aparte del “hueso de lo real”, que recomponga el caos y el sinsentido... En otras palabras: una razón metafísica que redima la existencia puramente inmotivada de los entes. Todo ese sistema enfocado hacia la consecución de algo (pero también la causa común, la bandera nacional, la celebración de lo humano y lo divino…) es el deseo de algo más, constituye un gigantesco éxtasis en el que el hombre de ayer y hoy encuentra su expiación definitiva, en la negación de la cosidad azarosa de los entes. Es la venganza sobre ese orden de cosas infausto del ser que proviene de o se constituye en torno a la nada (la irrazón de ser).

Rechazo total del silencio. Afirmación sin fisuras de lo visible y lo operativo. Es preciso integrarse en una maraña de signos, no importa su significado, pero que bloqueen a toda prisa cualquier entrada al displacer, a saber: la develación anti-extásica del territorio vacío del Ser. La develación decepcionante de la cosidad del ente.


Fragmento de Anti-Éxtasis; II, "Deseo eterno, deseo de nada"

Imágenes: 1) Éxtasis de santa Teresa, de Bernini; 2) Fotograma de Blowjob, de Andy Warhol.

jueves, 14 de enero de 2016

In media res (cont.)

Es en esta localización del "ser salvaje" --que no devela una instancia constituida tras el ser fenoménico, ni tampoco un ser-transfenoménico a la manera de Sartre, sino una cosidad salvaje, ilegible, indiferenciada--, y que tiene lugar en la mirada autorreferente o dialéctica, es allí, pues, donde se produce la quiebra con la mirada fascinada en el éxtasis. La quiebra con la mirada-producto de los medios de comunicación y con la Representación misma (Vorstellung), y, asimismo, la desconexión con aquello que denominamos la "razón de ser" de las cosas. El anti-éxtasis es, en una primera instancia, el des-hechizo de la razón sistémica de las cosas, cuyos efectos visibles (pero no por ello más evidentes) se concentran en torno a la idea del Sistema; y, en un sentido ulterior y profundo, el anti-éxtasis es el desencanto, terminante y definitivo, de todo lo que tiene que ver con el mito de la razón suficiente y la filosofía entendidas como instancias hegemónicas del cosmos, es decir, de la Razón y la filosofía como supremas formas de éxtasis.